Educación en Panamá
En Panamá como en otros países del área se espera que el sistema educativo
contribuya a promover el desarrollo económico, social y ambiental, fomentando las
capacidades y potencialidades humanas. De este modo, la educación en nuestra
sociedad se sustenta en dos grandes pilares: aprender a aprender y aprender a vivir
juntos. Para ello la calidad educativa adquiere un valor relevante. Significa aprendizajes
pertinentes, con equidad y eficiencia .
Para ello se requieren estrategias pedagógicas adecuadas para obtener buenos
resultados en la sociedad del conocimiento. Es muy difícil formar jóvenes para el siglo
XXI con metodologías de siglo XX y del siglo XIX (Zubiria, 2013). El sistema educativo
debería avanzar hacia un nuevo paradigma de gestión en la formación ciudadana y de
los recursos humanos, en la comunicación con redes y equipos de trabajo orientados
por un liderazgo positivo, con múltiples mecanismos y procedimientos de evaluación,
con la articulación del sistema en sus diferentes niveles y con su entorno (UNESCO,
2000).
Ese entorno educativo debería ser un lugar de encuentro de estudiantes, docentes,
directivos, familias y autoridades para favorecer los aprendizajes, los conocimientos y
acercamientos de los unos y los otros, con fines educativos y desarrollo personal. Las
actividades didácticas propuestas deberían ser interesantes y significativas, basadas
en las inteligencias múltiples, competencias y diversidad de estilos de aprendizaje.
La clase ha de estar abierta al mundo y entorno que le rodea, ya que el aprendizaje,
no solo se da en aula sino también fuera de ella. La clase debe ser un momento y
lugar vivo, pues el entorno se construye activamente por todos los miembros del grupo.
(Vivero, 2008; Ortiz y Gutiérrez, 2010).
Ese nuevo paradigma de gestión del sistema educativo, debería asegurar la coherencia
entre los diferentes elementos de ese sistema, con estudiantes de las diferentes
edades, etnias, capacidades humanas, origen social y procedencia geográfica, que
ingrese a la escuela o al colegio en condiciones saludable, con elevada motivación,
con el apoyo irrenunciable de la familia y la comunidad. Aquí cuenta mucho también
la inclusión, un enfoque que permite disminuir las brechas de atención asegurando
más equidad en esas oportunidades educativas, especialmente a los grupos humanos
más vulnerables y rezagados, tales como discapacitados, pobres, indígenas, mujeres,
afrodescendientes, entre otros.
Por otro lado contar con planes y programas de estudio y recursos de aprendizaje,
enfocados en aprender para adquirir competencias para la vida que es parte de este
paradigma. Un entorno seguro y estimulante para construir el conocimiento, que valore
la diversidad y las condiciones de una infraestructura digna y funcional. Igualmente, que
impulse procesos congruentes con esos principios, gracias a docentes bien formados y
capacitados, que trabajan enfocados en sus alumnos y los aprendizajes de calidad. La
capacidad para evaluar mediante diversos criterios y mecanismos las competencias: habilidades, destrezas, valores y conocimientos, es también parte esencial de este
modelo de gestión.
El modelo de enseñar y aprender ha cambiado. En lugar de aprender para la escuela
como en el pasado, se aprende a aprender para la vida; el conocimiento y la información
se consideraba como algo estático, hoy se observa como un proceso en renovación
continua; el docente y la escuela vistas como fuentes únicas del conocimiento, se
reconoce actualmente que existen diversas fuentes del saber y de aprendizaje, siendo
la modalidad virtual una de las más prometedoras; de un conocimiento memorístico
pasamos a un aprendizaje significativo; y de enseñanza con pocas herramientas
(tablero, palabra del docente, cuadernos de apuntes, otras), actualmente se emplean
múltiples tecnologías (computadoras, textos escolares, celulares, guías de aprendizaje,
laboratorios, entre muchas otras).
Analizando un poco la situación educativa de Panamá, podemos describir que en el
caso de la educación formal, que es responsabilidad del Estado a través del Ministerio
de Educación, se observa que uno de cada cuatros panameños (1,024, 307) estudia
en algún nivel (MEDUCA), del sistema de educación general básica, que incluye los
ciclos de preescolar, primaria y pre-media, de la educación media y de la educación
superior universitaria y no universitaria.
Este proceso de heterogeneidad en la asistencia escolar visto, en un período de 10
años (2002-2012) proyecta que los alumnos de 7 a 12 años se encuentran en la cima
de la curva, pues han llegado muy cerca del 100% de la atención. Mientras que los
alumnos comprendidos en la edades de 4 a 6 años alcanzan apenas alrededor del
60% y un 90 % de asistencia y los de 12 a 18 años muestran una baja participación en
el sistema, entre un 98% y un 55%. La falta de estadísticas actualizadas y detalladas
nos impide conocer la cobertura de la población de 0 a 4 años, que se supone es muy
baja (Encuesta de Hogares, INEC, CGR, 2012).
La falta de cobertura en estas edades puede ser explicada mediante diversas variables.
Un factor asociado a esta situación, es la elevada pobreza en la niñez panameña.
Según el PNUD, 4 de cada 10 niños menores de 4 años es pobre (43.7%), en donde
el 18.9% padece la pobreza extrema. Algo similar sucede con la pobreza total de los
grupos etarios de 5 a 9 años (43.7%), de 10 a 14 años (40.2%), de 15 a 19 (34.1%) y
el de 20 a 24 años (24.6%). A ellos se le podría sumar la oferta insuficiente de servicios
educativos, especialmente en la niñez temprana y en los jóvenes mayores de 13 años.
Estos indicadores son generales para todo el país y no reflejan la realidad crítica de
los pueblos indígenas, de las áreas rurales y de las zonas urbano-marginales (PNUD,
2014).
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